miércoles, 8 de mayo de 2013

Beya

Beya, una dama encerrada dentro de sus sueños, vivía cada día como si fuese el último, recreando en su humilde morada lo que día a día soñaba.
Cantaba y bailaba con sus ojos cerrados, los cantos y coros que en sus sueños escuchaba.
Pensando en que un día moriría y al final nada se llevaría.

Un día, Beya salió de su casa en el desierto a buscar un poco de agua. Por alguna razón, ella era la única persona en ese desierto pero, sin  embargo, sobrevivía sin ningún inconveniente. Beya bailaba descalza, dando vueltas sobre las dunas de arena, dirigiéndose por el agua que estaba a un kilómetro de su hogar. Beya siempre hacia este recorrido antes de empezar a recrear lo que había soñado la noche anterior, sin fijarse en que a la mitad de su camino escuchaba unas voces susurrando su nombre.
Ese día, luego de haber recogido su agua, empezó a cantar y bailar, peinándose su largo y castaño cabello de igual manera como lo había soñado la noche anterior.
Esta era la rutina de Beya, con la única diferencia de que cada día soñaba que se consentía de una maneras distintas ya fuera maquillándose o lavándose delicadamente todo el cuerpo, acariciándose su rostro, hablando cosas de mujeres como si tuviera a alguien más a lado y hasta algunas veces llorando.
Un día, Beya se dirigía como todos los días por el agua con la única diferencia de que este día no iba cantando y tuvo la oportunidad de escuchar estos susurros que la llamaban, Beya muy confundida empezó a buscar la proveniencia de estos susurros, hasta que encontró un puerta dorada con muchas piedras preciosas. Beya tenía miedo de que podría estar detrás de esta puerta, pero la curiosidad de saber que había detrás de esta la llenaba de valor, así que cerró los ojos, giro la manija de la puerta, camino unos cuantos pasos y abrió sus ojos.
Beya quedo sorprendida al abrir sus ojos pues estaba en una cama, con vendajes y yesos acompañada de su madre, una mujer muy joven y de aspecto humilde, la cual cada día la consentía de maneras diferentes mientras le susurraba al oído su nombre, y le decía en la noche, como la consentiría al día siguiente.
Beya se dio cuenta de todo lo que había pasado y supo que si no hubiera sido por los cuidados y llamados de su madre, habría quedado encerrada en sus sueños.
                                                                                                         FIN.

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